• Andy Viera, LMSW, Esq.

Opinión: Sobrinos ilegítimos del tío Sam

¿Quiénes somos para determinar la legalidad de un ser humano? ¿Qué autoridad nos atribuimos para sentirnos con el derecho de determinar quién es de aquí y quiénes son de allá? ¿Será acaso que no vivimos en un mismo planeta? ¿Será que las fronteras imaginarias que como humanos hemos inventado pueden ir por encima de la dignidad, la vida y la humanidad misma? Legalidad e ilegalidad determinada por el lugar en donde nos ha tocado nacer. Estas son algunas de las interrogantes que con tanta frustración vienen a la mente de aquellos que creemos en un mundo para todos sin importar la nacionalidad, origen, ciudadanía o condición social. 

Como abogado, entiendo el marco legal jurídico que ha sido construido como justificación a lo injustificable, pero como trabajador social clínico no, como amigo de inmigrantes no, como testigo de tantas injusticias de las que son víctimas diariamente no, y como ser humano mucho menos. No fue hasta que tuve el privilegio de trabajar diariamente con la comunidad de inmigrantes en Corona, Queens, que para se hizo visible lo que se intenta ocultar detrás de la opulencia que representa la Capital del Mundo. Y es que en una de las ciudades más rica del Mundo, a 30 minutos de Wall Street, en donde diariamente se juega con la especulación de la bolsa de valores; para la ironía e indignación de muchos, existen miles de familias que su única comida es aquella que reciben los niños en las escuelas, que el ingreso mensual les da apenas para alquilar un cuarto en un apartamento, el cual tienen que compartir con otras tres familias porque aunque trabajan más duro que muchos de los “legales” su condición de “ilegal” permite la explotación laboral a la que son sometidos. 


Que ilusos tenemos que ser para creer que un ser humano por voluntad propia decide mudarse a un lugar en donde su presencia es considerada un delito, donde todos los días sufren marginación y miedo, donde no se habla su idioma, y en la mayoría de los casos, han tenido que aceptar la realidad de nunca más volver a ver ni abrazar a su familia. Y es que no hay peor ciego que el que no quiere ver. No vienen a Estados Unidos por gusto, por placer, ni mucho menos para quitarnos los trabajos ni las oportunidades. Están aquí por necesidad, porque en sus países la vida es insostenible, y porque han optado por morir en el intento antes de morir de hambre en el pedazo de tierra donde les tocó nacer. 

Quizás es mucho más fácil mirar a otro lado e intentar ignorar lo que está ocurriendo en pleno Siglo XXI en el país más poderoso del Mundo. Hoy en la Nación Norteamericana, en el País de la Libertad y la Justicia cientos de miles de seres humano no cuentan con la seguridad de alimentos, salud ni vivienda. Hoy cientos de miles de niños viven la incertidumbre de que sus padres se enfermen e incluso mueran y quedar solos a merced del Sistema. Hoy miles de madres tienen que escoger entre darle de comer a sus hijos o pagar la renta.


Entonces, lo injusto se va tornando aún más visible. Para mí la injusticia se encuentra plasmada en que ellos a pesar de pagar impuestos por el trabajo honesto que realizan diariamente y que el Sistema se niega a reconocer como legal, no recibirán dinero del paquete federal de 2.3 trillones de dólares firmado por el presidente Donald Trump, ni mucho menos seguro por desempleo, ni ninguna otra asistencia proveniente del gobierno. Gobierno al que también aportan diariamente mediante su esfuerzo, dedicación y trabajo arduo. En cambio, esos incentivos económicos solo serán recibidos por aquellos que cuentan con un documento que “legaliza” su humanidad 

¿Será acaso que son ellos menos humanos que nosotros? ¿Será que sus necesidades no son tan importantes como las nuestras? ¿Será que su sufrimiento y angustia es justificable? ¿O será que nos hemos acostumbrado a la injusticia y hemos legitimado la inhumanidad? Luego de un análisis exhaustivo, no queda más que brindarle un rotundo NO como respuesta a cada una de esas interrogantes y concluir que la única distinción entre ambos es que somos nosotros los sobrinos legítimos del tío Sam. 


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